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En su aniversario: Nuevos y añejos dilemas del PRI

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Nicolás Dávila Peralta
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28/02/11


El cambio, sólo con nosotros

Uno de los grandes vicios de los partidos políticos en México es la incoherencia, reflejada en la ausencia de ideología, el pragmatismo de sus dirigentes y la ignorancia política de sus militantes. Dos fenómenos muestran ejemplos de esta triste realidad política del país.

Uno son las alianzas absurdas entre el PRD, creado por organizaciones de izquierda, y la derecha representada por el PAN. Unos y otro renuncian a sus principios ideológicos, históricamente incompatibles, para ayudarse a llegar al poder.

El segundo ejemplo lo representa la facilidad con la que los políticos cambian de partido, y las razones de ese cambio, así como la facilidad con la que otro instituto político le abre las puertas.

El fenómeno, desde luego, no es nuevo. Recordemos la forma en que el Partido Popular Socialista, fundado por Vicente Lombardo Toledado, se comportó como comparsa del PRI, para dar la impresión de pluralidad política; sin embargo, en las últimas décadas, esta incoherencia alcanza a los partidos llamados grandes en el país.

El Partido Acción Nacional (PAN), surgió como una alternativa frente al absolutismo priista, con una ideología demócrata cristiana, orientado fundamentalmente a la clase media. Sin embargo en los años 80 la clase empresarial –desilusionada del PRI- y los grupos de extrema derecha se apoderaron de sus puestos clave y lo volvieron un partido pragmático.

Con la llegada de los entonces jóvenes neoliberales, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) dejó a un lado los principios de justicia social que le dieron origen y asumió los principios del gran capital e implantó una política económica de libre mercado y acumulación de la riqueza.

En este camino coincidió con los nuevos dueños del PAN y con un sector importante de sus dirigentes.

En esta confusión, la izquierda, si bien dividida de acuerdo con sus estrategias para alcanzar el poder, mantenía en pie sus principios ideológicos, desde la social democracia de quienes rompieron con el PRI neoliberal (Cárdenas, Muñoz Ledo, entre otros) hasta los que iniciaron su carrera política en el Partido Comunista Mexicano.

Todos coincidían en un proyecto alterno de nación orientado a la justicia social, la independencia y la rectoría del Estado frente a la economía.

Así llegaron a la legitimidad y lograron conformar el Frente Democrático Nacional en 1988 y se convirtieron en una fuerza política de izquierda, importante para el equilibrio del país, tanto que en 2006 el voto ciudadano les favoreció.

Pero todo ha cambiado en la izquierda. Aquellos grupos que aun con diferencias estratégicas coincidían en el mismo proyecto de nación, cayeron en el juego del pragmatismo y lo peor, no en busca del poder, sino de la satisfacción de intereses personales o de grupo.

Ejemplos hay de líderes de izquierda que negociaron y negocian con el poder los movimientos sociales y han hecho de la izquierda una bandera para vivir del presupuesto.

Pero esto sólo es el principio. Lo grave es que esta negación de la ideología y este pragmatismo ha alcanzado a la misma dirigencia nacional del PRD que sin vergüenza alguna, hace alianzas electorales con el PAN, alianzas en las que nada gana y todo pierde, sobre todo la dignidad y la confianza de la gente.

Hoy, con la virtual renuncia de Andrés Manuel López Obrador y la terquedad de su líder nacional Jesús Ortega de mantener las alianzas que nada le han redituado, el PRD se revela como un partido a punto del derrumbe total. Sin ideología, sin principios, con una militancia ignorante que no conoce los principios que le dieron origen, está a punto de dividirse y llegar a 2013 sin fuerza para disputar el poder a un partido de derecha, el PAN, que ha llevado al país a una de sus peores crisis estructurales, o evitar que vuelva a asumir el poder lo peor del PRI, es decir, la corriente neoliberal dispuesta a continuar la política de acumulación escandalosa de la riqueza iniciada por Carlos Salinas de Gortari.

Esto lleva a una primera conclusión: no son los partidos los que generarán un verdadero cambio en el país, somos nosotros, los ciudadanos, pero para eso es necesario tomar conciencia del papel que representamos, todos y cada uno, niños y jóvenes, adultos y ancianos, en el futuro del país.

Pensemos qué país queremos, exijamos que los partidos nos presenten con claridad sus programas, rechacemos la propaganda vil de las televisoras y emitamos un voto razonado, para después exigirle a los gobernantes el cumplimiento de sus programas.

No esperemos las dádivas, los regalos y las falsas promesas, recordemos que AL IGNORANTE TODOS LO ENGAÑAN Y AL POBRE TODOS LO COMPRAN. Seamos gente informada y defendamos nuestro derecho a la justicia y a la democracia.

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